Sobre un acantilado parabrisas
se arrastra lánguida la ciudad.
Se estira el tiempo, se estira
y brilla la oscuridad.
Ya habla el amigo Miles,
ya susurra su trompeta;
soliloquios noctámbulos
y retales de vidas rasgadas.
Descansa mente insomne,
que poco importa nada,
que la misma barricada
crecida al alba me aguarda.
Sonreír pues, a la improvisación.
Cerrar los ojos y evaporarme
en un mosaico de neón,
como la lluvia en la noche.